Bolivia entre los blancos y los normales

Publicación propia. Versión audiovisual publicada en TikTok el 10 de junio de 2026.


Hoy los bolivianos sentimos un eco de la historia: todos tenemos la sensación de que esto ya lo vivimos el 2019 y el 2003, y si uno quiere ir más lejos, llegamos al momento en que Pizarro le cortó la cabeza a Atahuallpa. La historia de Bolivia fácilmente podría contarse a partir de momentos en que el poder blanco intenta imponerse sobre una mayoría racializada y termina produciendo revueltas.

Hace poco escuché una frase, dicha con total naturalidad en una conversación casual: “En todo lugar al que vamos, veo que hay los blancos y los que somos normales”. Esta frase, pronunciada sin la menor intención política, contiene dos afirmaciones que, creo, son una radiografía bastante precisa del problema estructural que atraviesa Bolivia. Primero, nos recuerda que el mundo occidental se ha construido con la blanquitud como centro identitario y, segundo, que la potencia de nuestro territorio radica justamente ahí: aquí la blanquitud no es el centro.

La encrucijada de nuestra historia es que el poder casi siempre ha estado en manos de personas autoidentificadas como blancas que, en términos numéricos, son una minoría. Mientras tanto, la población mayoritariamente racializada ha estado relegada a un espacio de servidumbre o de postal folklórica. La historia republicana de Bolivia podría describirse como un apartheid de Los Andes, casi doscientos años donde una población racializada ha estado gobernada y sometida por una minoría blanca.

Hoy, esa mayoría racializada no está dispuesta a volver a ello. El problema es que la minoría que hoy ocupa el poder intenta producir una minorización discursiva de las personas racializadas. Rodrigo Paz repite una y otra vez que quienes bloquean o protestan son una minoría, cuando lo que se ve es la persistencia de un malestar en amplios sectores racializados del país.

Sería muy ingenuo creer que ese discurso no puede calar en la población. Es muy fácil blanquearse o, como decía el líder indianista Felipe Quispe, volverse q’ara. Y eso ocurre principalmente en nuestras familias, quienes descendemos de personas indígenas. Yo mismo vengo de una familia aymara que buscó blanquearse por todos los medios posibles, y sé que mi historia es la de muchos en el país. Vivimos con el peligro latente de que esa blanquitud ajena busque colocarse en el centro de nuestra identidad.

Para ello sigue siendo importante entender el concepto de q’ara. Para F. Quispe, el q’ara no es “el blanco”, en términos de color de piel: en el mundo aymara, la blanquitud no es una cuestión biológica, es una visión de mundo. El q’ara es el que se identifica mucho más con lo ajeno que con lo propio, es el que ve la tierra como un capital vendible para escaparse del país en la primera oportunidad.

Cuando la blanquitud se vuelve centro, nos inundamos de malinches, o más bien, de una combinación de la figura de la Malinche con la del “negro de la casa”, que tan bien explica Malcolm X. La Malinche es este símbolo de quien se identifica fácilmente con el colonizador y traiciona a su pueblo, mientras que el “negro de la casa” es la persona racializada que, al trabajar tan cerca del hombre blanco, defiende mucho más los intereses del colonizador que los de su propia gente. Hoy vemos a figuras como Sayuri Loza o Fernando Untoja, cuyos discursos son fácilmente capitalizables por el mundo q’ara porque son discursos racistas que vienen de personas racializadas. La mirada q’ara se vale de estos para perpetuarse en el poder, porque en ellos se oculta, se naturaliza, se vende como falsa identidad del indio.

A la pregunta ¿qué hacemos después de la crisis?, la respuesta: dejar de ver a la blanquitud como centro. Dejar de ser q’aras, malinches o negros de casa y comenzar a ser quienes somos, sin vergüenza alguna de la indianidad que cada mañana nos sonríe en el espejo. Ese es el sujeto político que tiene que surgir de esto. A partir de ahí, recién va a ser posible un país donde ya no sea necesario bloquear, cercar o hacer huelga de hambre para dialogar en democracia.

Columna leída

Versión audiovisual publicada en TikTok el 10 de junio de 2026.