Publicación propia. Versión audiovisual publicada en TikTok el 27 de agosto de 2026.
De RuPaul he aprendido algo para sobrevivir en redes sociales: nunca leer la sección de comentarios. Es una ley que he aplicado desde que empecé a producir contenido de pensamiento crítico. Sin embargo, después del segundo intento de tumbar mis cuentas, he empezado a filtrar comentarios en mis redes: muchos no buscan debatir y la gran mayoría solo insulta. Aquí un muestrario rápido de “insultos” que me han llegado este tiempo: masiburro, pseudointelectual, hippie comunista, ignorante, “masista” (usado como insulto y en una cantidad sorprendente de variaciones). He seleccionado estos, de los muchos, porque he reconocido un patrón en ellos: provienen de perfiles sin fotografía, sin nombre identitario o con un nombre genérico o extranjero, sin actividad personal, con repetición de mensajes. Por supuesto que no son perfiles de personas identificables pero ¿serán bots, cuentas falsas manejadas por “guerreros digitales”, perfiles coordinados?
Podría ponerme conspiranoico y decir que me persiguen los bots de Cerimedo, pero yo mismo conozco un par de personas que tienen un perfil personal y como cinco perfiles falsos desde los que se dedican a insultar y a pelearse con otros sin que nadie les pague. Entonces ahí veo que tengo que distinguir entre bots reales y personas que escriben como bots. Siempre son insultos que no discuten la idea y solo descalifican el nivel intelectual del que la dice y, generalmente, tienen un componente racial. Fanon lo explicaba de esta forma: “se es blanco como se es rico, como se es bello, como se es inteligente”. En Bolivia hemos interiorizado tanto la equivalencia entre indio e ignorante que toda esta violencia digital se matiza también con una ficción de blanquitud intelectual: alguien puede llamarte “masiburro” sin discutir ideas porque se coloca imaginariamente en el lugar de quien decide qué conocimiento es válido.
La ideología más efectiva es aquella en que el individuo ve un espejo de su propio rostro, al punto que deja de reconocerse como ideología y se ve como identidad. La respuesta en redes es casi automática: hablo de racismo (me dicen “masista”), cuestiono determinada política (“hippie comunista”), planteo una discusión teórica (me dicen “pseudointelectual”). El que clasifica al otro como ideologizado o adoctrinado cree no tener ideología, se ve a sí mismo simplemente como alguien racional e informado.
Hoy el nuevo fascismo está teniendo éxito porque ya ha logrado producir sujetos que funcionan por sí mismos. Althusser explica que la ideología interpela a los individuos como sujetos y que, una vez constituidos dentro de ella, estos “funcionan por sí mismos”. Hoy existe un sujeto político para quien insultar en redes es una acción propia, espontánea y hasta necesaria. No por nada hace unos meses vimos a un hombre gritando “haga patria, mate un indio”. La programación funciona cuando quien la ejecuta cree que actúa por voluntad propia.
Stuart Hall estudió cómo la derecha radical no aparece de la nada, sino que toma contradicciones, frustraciones y prejuicios ya existentes y los reorganiza para usarlos a su favor. Cerimedo, no como individuo sino como esa maquinaria fantasmal de fabricación de consenso, encuentra en Bolivia un terreno fértil: un país estructuralmente racista y avergonzado de su propia indianidad es el lugar perfecto para instalar ideología.
Sí, una granja de bots puede fabricar la sensación de que existe un consenso mayoritario en torno a una idea. Esta técnica triunfa cuando logra que personas reales empiecen a hacer el mismo trabajo gratis: repetir insultos, vigilar a quien consideran enemigo, castigar la disidencia y convertir prejuicios en evidencia. Hoy sabemos que se ha encontrado una granja de bots, plata, equipos; Cerimedo niega todo; hay gente que busca otros culpables (Evo, como siempre, aparece como el chivo expiatorio fácil); pero la granja de bots más peligrosa no es la de ninguna habitación clandestina llena de computadoras: es la que llevamos instalada en la cabeza.
Columna leída
Versión audiovisual publicada en TikTok el 27 de agosto de 2026.