Democracia, Bolivia y el indio de los dos votos

Publicado originalmente en: La Razón / Animal Político, 12 de septiembre de 2026.

Título original del autor: El campesino de los dos votos.


El otro día una compañera de trabajo me dijo que lo más urgente en Bolivia es cambiar la Constitución porque “el voto campesino vale doble”. Estoy seguro de que todos hemos escuchado esa afirmación alguna vez, pero aquí no me interesa discutir su veracidad (dado que basta leer la Constitución para comprobar que cada boliviano emite un solo voto), sino pensar cómo esa narrativa se ha instalado como una certeza en la mente de tanta gente.

Dato real: en Bolivia sí hay desigualdades en la representación. Cada uno de los departamentos tiene cuatro senadores sin importar la población. En Diputados hay mínimos departamentales, circunscripciones uninominales de distinto tamaño y siete circunscripciones especiales indígenas: es decir, un sector donde viven diez personas tiene un representante y un sector donde viven doscientos individuos también tiene un representante. Sin embargo, entre discutir cierta sobrerrepresentación territorial y afirmar con certeza que el voto de algunas personas vale doble hay un salto enorme, cuya construcción narrativa vale la pena revisar (y desmontar).

Este sistema de representación comenzó a construirse en los noventa, con la intención de territorializar la política y acercar diputados a sus circunscripciones. Ni el MAS ni Evo estaban en la pintura política del momento, pero ese sistema sí favoreció a una mayor presencia política rural (cosa notable en un país indio y racializado). Entonces comenzó a verse que sectores campesinos (antes vistos solo como masa votante) comenzaron a ocupar espacios propios de representación parlamentaria.

Si sigo la línea del tiempo, después del Censo de 2012, se empezó a hablar de cuánto debe pesar la población y cuánto el territorio, y ahí fue cuando se comenzó a hablar de una “sobrerrepresentación rural”. El cambio en el lenguaje narrativo se dio después. En 2014, Jimena Costa declaró a El País que “el voto de las provincias vale el doble y hasta el triple del voto de la capital”. Aquí el paso narrativo ya es notorio: no se menciona que haya circunscripciones con menos habitantes por diputado, se habla de un valor distinto al voto mismo. Y en el ejemplo que pongo, ese paso está en boca de una diputada jefa de bancada y en una declaración a un medio internacional. Y ojo que no digo que Costa se haya inventado esa narrativa, pero sí formó parte de las autoridades que la difundieron.

Durante todo el 2019 vimos cómo se instauró la narrativa de que el MAS iba a hacer fraude en las elecciones. Y más allá de las irregularidades y controversias que hubo durante el cómputo, todos fuimos testigos de que un sector de la población llegó a las elecciones convencido de un fraude que aún no había sucedido. Y en la mente de este sector se completa esta cadena: el supuesto “voto doble del campo” sería una norma de fraude y el MAS hace fraude electoral, por tanto, el MAS seguramente se ha inventado el voto doble campesino para permanecer en el poder. Ninguna autoridad necesita explicarlo, la mente del sector q’ara de la población lo completa por sí sola: como el sistema ha beneficiado al MAS, el MAS tuvo que haberlo creado y, como lo creó el MAS, debe ser fraudulento y hay que eliminarlo (y lo curioso es que no hay nada realmente qué eliminar).

Con el tiempo la idea del voto doble campesino se ha instaurado como un mito en la sociedad boliviana. Ha partido de un hecho real, pero la narrativa le ha quitado su historia y nos lo ha devuelto convertido en certeza. En las charlas cotidianas no aparecen las leyes y reformas que han producido la sobrerrepresentación, en la mente queda una imagen fácil de recordar: un ciudadano urbano que llega con un voto y uno rural que llega con dos. Esta escena está ya instalada en el sentido común sin necesitar de argumentos que la demuestren: se ha convertido en una de esas cosas que “todos saben”.

En este mito no importa que las circunscripciones especiales indígenas no permitan votar simultáneamente por una circunscripción uninominal ordinaria. Tampoco importa que el sistema compense parte de los diputados uninominales con los plurinominales ni que las mayores desproporciones de representación del país se produzcan entre departamentos. Explicar y entender esto requiere tiempo, imaginar a un campesino fraudulento que vota doble solo requiere del racismo con el que todo boliviano nace por defecto.

Por ello, el problema no es matemático, es racial. Si fuera solo cuestión aritmética, se reclamaría de igual forma que cuatro senadores representen a Pando y cuatro a La Paz: nadie dice “el voto pandino vale doble”. En este mito, el campesino que vota doble contiene un antiguo rostro del racismo: que el sujeto racializado no delibera ni participa, sino que obedece y distorsiona la democracia porque no le corresponde decidir. El periodo republicano diseñó mecanismos para que el indio no pudiera decidir políticamente (no por nada Felipe Quispe decía que la democracia boliviana era q’aracracia). Ahora que el sujeto racializado vota, gana elecciones y disputa el espacio del poder político, aparece la sospecha de que tal vez su voto vale demasiado.

Por supuesto que hay que sentarse a charlar los problemas del sistema electoral actual: discutir si los mínimos departamentales son correctos, si debemos repensar todo con base en los datos del último censo y, sobre todo, si debe pesar más el territorio o la población. Lo curioso es que cuando se busca aterrizar en propuestas concretas, ya nadie habla del voto doble, porque el campesino privilegiado de voto doble no es un sujeto real, es un mito de la necesidad q’ara de explicar la presencia del indio en la política como una anomalía.

La mirada q’ara vive convencida de que si el campo tiene la capacidad de decidir el rumbo del país no es porque lo merezca o se lo haya ganado, sino porque alguien le ha regalado una ventaja inmerecida. En un país donde la desigualdad fue la norma durante dos siglos, la igualdad del antes subalterno termina siendo percibida como privilegio.

El campesino que vota doble es un mito inexistente. En la realidad vemos un sistema representativo perfectible, políticos que convierten su racismo en consigna para ganar adeptos y, sobre todo, una sociedad racista que sigue pensando que si el indio adquiere poder es porque alguien ha hecho trampa.

El indio no vota doble, la mirada q’ara mira su voto como si solo debiera valer la mitad. Creo que al final, la q’aracracia que tanto denunció Felipe Quispe sigue existiendo.


Publicado originalmente en La Razón / Animal Político, 12 de septiembre de 2026.