De Pizarro a Trump: nuestras grietas internas

Publicado originalmente en: La Razón / Animal Político, 10 de octubre de 2026.


Cuando era estudiante de colegio, un profesor nos hizo montar un cuadro de danza de los incas que incluía una representación teatral de la guerra civil entre Huáscar y Atahualpa. En nuestra obra, los hermanos se peleaban por el amor de una dama. Ojalá esa fuera la historia oficial, con amor telenovelesco incluido. La historia real en realidad fue cruenta: después de la muerte de Huayna Cápac, hacia 1527, hubo en el incario una crisis de sucesión que dio pie al enfrentamiento entre dos de sus hijos y las facciones que los apoyaban. Entre 1529 y 1532 se desarrolló la guerra entre Huáscar, con el Cuzco, y Atahualpa, con ejércitos del norte. Cuando Pizarro llegó al territorio inca en 1532, Atahualpa había ganado la guerra, capturando a su hermano.

Hoy sabemos que Pizarro encontró un imperio fracturado y que la conquista se facilitó porque hubo pueblos, personas de la nobleza y facciones que le guardaban rencor al poder inca. Vista así la historia, funciona bien el dicho de que «el enemigo de mi enemigo es mi amigo»: para algunos actores de ese momento, los recién llegados podían servir para derrotar a un adversario inmediato.

Me es inevitable analogar esto a nuestra situación actual, donde agentes externos ordenan cosas de la política de nuestro país y hay bolivianos que los apoyan porque eso les ayuda a derrotar a un enemigo interno. En el siglo XVI, Pizarro supo cómo filtrarse a través de las fracturas de la sociedad incaria de ese entonces. Cinco siglos han pasado y hoy, Trump, Marco Rubio y Christopher Landau encuentran una Bolivia despedazada entre enemigos internos disputando el poder.

En las últimas semanas, hemos sido testigos de cómo el gobierno estadounidense ha tomado decisiones sobre asuntos bolivianos. Rubio incluso ha expresado su respaldo explícito al gobierno de Rodrigo Paz después de la aprehensión de Roger Mariaca. Landau llegó más allá y habló públicamente sobre el funcionamiento de nuestra Fiscalía (enfatizo el posesivo plural), cuestionando los riesgos de que un órgano «independiente» termine politizado o corrupto. Por supuesto que Paz, en la tónica de nuca al cielo que lo caracteriza, agradeció estas declaraciones.

Ante esto, ¿a quién culpamos? He visto a muchos denunciar «injerencia estadounidense». Ver a autoridades extranjeras opinando sobre el diseño de nuestras instituciones como si tuvieran poder sobre ellas es algo que debe preocuparnos a todos, pero creo que es un error concentrarnos solo en denunciar lo que viene desde Washington. Si vemos solo una amenaza externa, bien a lo FODA, podemos ignorar una gran debilidad interna: ese poder foráneo ha encontrado aquí interlocutores que lo reciben, le dan legitimidad y lo convierten en un recurso para sus propias disputas.

Tal como la conquista española encontró aliados en el incario, hoy el imperialismo actual es inseparable de sus aliados internos. Existe un sistema de relacionamiento entre estructuras externas y grupos locales que ven un interés propio (no colectivo) en esa asociación. La injerencia viene de afuera, sí, pero su eficacia política se construye desde adentro del país.

Hoy existen bolivianos que celebran la intervención estadounidense. Desde cierto púlpito de las izquierdas es fácil llamarlos ignorantes, manipulados o víctimas de la propaganda y las redes sociales. El adjetivo es tranquilizador para estos opinadores porque ahí se colocan a sí mismos en el lugar de quien sí entiende cómo funciona el mundo: el calificativo reduce al otro a una conciencia engañada.

Desde el púlpito de la derecha ocurre algo similar. En su lenguaje aparecen «los indios adoctrinados por el MAS», según su discurso la gente de los sectores populares vota «mal» porque es ingenua y no entiende de economía, también aparecen los comentarios lastimeros sobre campesinos que «dan pena» porque han sido manipulados por esa «izquierda demoniaca». Otra vez vemos ahí a sujetos que se conceden a sí mismos capacidad de razonamiento y solo explican al adversario por su presunta incapacidad para pensar.

Entre ambos púlpitos está buena parte del país. Está el comerciante que mira con simpatía a EEUU porque asocia ese país con orden y ascenso económico, porque aspira a cierta posición social, porque prefiere un presidente que le diga «indio de mierda» y que le permita crecer económicamente a uno que denuncie el racismo, mientras mata la moneda nacional. Está la mujer que respalda a las organizaciones campesinas por memoria familiar, pertenencia comunitaria, convicción ideológica o porque esa organización ha sido la única estructura política presente en su territorio. Entender estas razones exige bastante más trabajo que llamar «ignorante» al adversario.

Si volvemos a mirar la conquista con este lente lleno de matices podemos ver que quienes colaboraron con los españoles tenían historias previas, rivalidades, enojos, intereses y, por supuesto, estrategias de supervivencia. Reducirlos al adjetivo de traidores limita nuestra comprensión de la historia, dejamos de entender cómo un pequeño grupo extranjero consiguió insertarse en una estructura política tan grande.

Hoy hacemos algo similar cuando usamos «injerencia» como palabra mágica que explica todo. Somos conscientes de los intereses estadounidenses y de su forma de actuar ante países como el nuestro: eso está fuera de nuestras manos. Lo que sí podemos trabajar son nuestras propias fracturas y resentimientos, con miras a dejar de producir sujetos dispuestos a convertir a una potencia extranjera en aliada contra un enemigo local. Es fácil dejarse llevar por el descontrol emocional de las redes sociales, es fácil decirle «facho» o «masiburro» al otro, los adjetivos tienen más alcance que artículos como este. El algoritmo favorece a quienes convierten la política en una guerra entre dos bloques de gente convencida de que el otro es ignorante.

Mientras solo nos ordenemos con la lógica de «el enemigo de mi enemigo es mi amigo» vamos a seguir siendo vulnerables ante el extranjero. La guerra entre Huáscar y Atahualpa no fue culpa de Pizarro, los conquistadores solo tuvieron la suerte de llegar cuando esa guerra ya había devastado al imperio y supieron aprovechar la posibilidad política de ese momento. Hoy Trump, Rubio y Landau están aprovechando nuestras divisiones: creo que la salida más potente que tenemos hoy es mirar con más atención esas nuestras grietas por las que ellos están consiguiendo penetrar.


Publicado originalmente en La Razón / Animal Político, 10 de octubre de 2026.

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