Próxima publicación en: La Razón / Animal Político, 25 de octubre de 2026.
Un afecto con el que crecemos los bolivianos es el odio a Chile por habernos quitado el mar; y es un afecto que, además, nos atraviesa la entraña cuando efectivamente conocemos el océano Pacífico. En mi caso fue en un viaje a Arica para un congreso de estudiantes de Letras. En mi estadía entré a una tienda y la señora que atendía reconoció mi acento, al cobrarme me dijo: «Tan bonito Bolivia y nosotros que no les damos mar a los bolivianos, no sé por qué, tanto mar hay aquí, deberíamos darles». Nos sonreímos y me fui. Poco antes de ese viaje, mi papá me había contado su propia experiencia conociendo Antofagasta. Él había llegado con toda la retórica de recuperar el mar en la mente; al ver la ciudad, su economía y su gente, vio que eso de «recuperar» un territorio era imposible. Lo contó para que yo no viviera la misma decepción patriótica que él, puesto que yo había crecido (al igual que él), creyendo que el mar «pronto nos llevará a la dicha y bienestar».
Para los bolivianos, la palabra «mar» no significa, como dice la RAE, «masa de agua salada que cubre la superficie terrestre». Es un significante que invoca en su sola pronunciación una serie de connotaciones: guerra perdida, Litoral, soberanía, reparación, «que se rinda su abuela, carajo», «Tocopilla, Mejillones junto al mar», la imagen de Enriqueta Ulloa muriendo en Amargo mar. Los significados aparecen silenciosos en la mente porque desde pequeños hemos aprendido a entenderlos no desde el raciocinio, sino desde el afecto.
Resalto que el verso de la Marcha Naval prometa que la recuperación del mar sucederá «pronto». Este tipo de palabras tienen un significado que depende del contexto de su enunciación: «aquí», «ahora», «próximo» no tienen significado por sí mismas, se entienden recién en el contexto. El «pronto» de la Marcha Naval siempre pone por delante un futuro que no llega, lo esperó mi papá, lo esperé yo y lo esperarán todos quienes canten ese himno en las horas cívicas mientras exista el mar como significante patriótico.
Más adelante, el himno afirma que Bolivia tendrá «otra vez su mar, su mar». El posesivo «su» establece una propiedad, mientras «otra vez» presupone un estado anterior que va a regresar. La oración es afirmativa: busca construir una certeza en el oyente. Si de niños, en clase de sociales, hemos visto el mapa del Litoral perdido, el himno le da significado a esa ausencia: ese territorio va a volver.
Esa promesa se hace tangible en la última estrofa de la canción. Antofagasta (tierra hermosa), Tocopilla, Mejillones, Cobija y Calama se enumeran para construir una sensación de precisión geográfica. La imagen recorre el mapa para causar en el oyente un efecto de realidad, mostrarle el territorio tal cual debiera ser dentro de Bolivia. El problema de esta promesa lo vemos cuando conocemos estas ciudades: hoy están habitadas por personas que han nacido durante más de un siglo como ciudadanos chilenos. Si la promesa mesiánica del retorno al mar se cumpliera literalmente, hay que preguntarle al patriotismo boliviano qué significa que esas ciudades «vuelvan»: ¿vamos a obligar a todos esos ciudadanos a dejar de ser chilenos y ser, de pronto, bolivianos? ¿los vamos a desterrar? El mito del mar da una respuesta única sin siquiera dar pie a que hagamos esas preguntas.
Mientras en las escuelas el mar se construye como mito y afecto, en la diplomacia boliviana la historia es al mismo tiempo más concreta y menos estable. La historia boliviana se ha llenado de intentos de restitución infructuosos. En el Acuerdo de Charaña, de 1975, se negoció un corredor soberano al norte de Arica (lejos de Antofagasta) que no llegó a concretarse. Tiempo después Bolivia solicitó a La Haya que se reconociera una obligación chilena de negociar el acceso soberano al Pacífico, pero en 2018, la Corte determinó que Chile no había contraído dicha obligación. El mar, para ser un mito, necesita un afecto estable: algo que nos une como país, perdido y con la promesa mesiánica del regreso. En cambio, en la política exterior, es un significante móvil de negociaciones. Mientras el afecto se asienta en la subjetividad colectiva, la política lo usa como retórica útil del poder.
Hace poco vimos a José Antonio Kast visitar nuestro país. Primera vez en setenta y un años que un presidente chileno hace una visita oficial a Bolivia. Hemos sido testigos de cómo se han firmado acuerdos sobre comercio, minería, conectividad digital y energía, cómo se han dado charlas sobre seguridad y libre tránsito (habida cuenta de que ambos presidentes pertenecen al club de fans de Trump, llamado Escudo de las Américas). Lo complejo de estos hechos es que mientras el mar organiza nuestro discurso sobre Chile, no ha sido mencionado en la agenda pública.
En sus redes sociales, Rodrigo Paz dijo: «Bolivia no renuncia a su historia, no renuncia a sus derechos y no renuncia al diálogo». No enunció la palabra «mar» en ninguna publicación sobre la visita de Kast, pero cualquier boliviano la escucha en expresiones como «no renunciar a la historia» o a los «derechos». También dijo que esa historia no puede «anclarnos» frente al desarrollo y al futuro: el campo semántico del mar aparece en la idea de anclarse en el pasado. En su discurso, Paz hace que la reivindicación marítima quede asociada a la historia que nos ancla, mientras sus acuerdos se vinculan con el futuro próspero que sí va a llegar. Lo que está tratando se hacer discursivamente es apropiarse de ese mito que tanto se ha construido en torno al mar, está tratando de que creamos que quien va a traer esa «dicha y bienestar», prometida en la Marcha Naval, es su política exterior. Rodrigo Paz es experto en apropiarse de mitos para validar su discurso político: Dios, la Patria, y ahora el mar.
La señora que me atendió en Arica creía que Chile tenía tanto mar que no le costaba nada darnos un poco. Mi papá llegó a Antofagasta y se chocó con la realidad de que ese territorio que había que recuperar era también una ciudad habitada por otras vidas. Yo siempre he renegado de que exista un día para festejar que hemos perdido una guerra, hoy escucho la Marcha Naval y cuestiono esa tierra prometida por nadie que nunca va a llegar. El mar hoy es ya un mito que representa esa prosperidad que no llega y es, en realidad, una ausencia que está tan presente que ya ni siquiera es necesario ponerle nombre.